Antes de que Santa Rosa se volviera un corredor de mesas altas y luces cálidas, y Parque Leloir un imán para las salidas, la sociabilidad del Oeste se cocinaba en tres esquinas que no figuraban en ninguna guía gourmet. Eran refugios más que bares: lugares de paso, de charla y de truco; banco, correo y club social todo junto. Si hoy te parás un sábado en Santa Rosa y Sarmiento, el eco es de IPA, playlists y brindis jóvenes. Si bajáramos el disyuntor del presente y rebobináramos siglo y medio, se oiría el relincho, el golpe sordo de un vaso pesado contra la madera gastada y una discusión política al calor de un farol a grasa. De ese paisaje salieron tres nombres que le dieron forma al viejo Ituzaingó: la Posta de Pardo, la Pulpería de Neón y el Almacén de Pastré.
- Tres puntos cardinales de la vida social antes del tren: Posta de Pardo, Pulpería de Neón y Almacén de Pastré.
- La Posta, en la “horqueta” de Brandsen y Ratti, era recambio de caballos y primer noticiero del pago.
- La Pulpería de Neón, de Miguel Naón, sobre el viejo Camino de Córdoba, resistió con juego, guitarra y reja en el mostrador.
- El Almacén de Pastré, en 24 de Octubre, fue el primer edificio de dos plantas y despacho de bebidas con leyenda de túnel.
- Con el tiempo, las tres desaparecieron, pero dejaron una manera de encontrarse que todavía perdura.
1. La Posta de Pardo: el “drive-thru” de las carretas
Para buscar el origen hay que mirar el mapa anterior al silbato del tren. En tiempos del Camino Real —esa autopista de tierra que unía Buenos Aires con el interior—, la bebida no era ocio: era servicio. El caballo tomaba agua, el paisano se calentaba el pecho con ginebra o caña quemada, y seguía.
En ese entramado aparecía la Posta de Pardo. Estratégica y necesaria, su razón de ser era simple y vital: cambiar animales a las diligencias, alimentar a los viajeros, darles sombra y noticias. Se la ubicaba en la “horqueta” donde Brandsen se cruza con Ratti: nacía en el Camino de los Correos —hoy Gaona— y llegaba, como traza tropera, al camino a Luján —la actual Rivadavia. Brandsen, por entonces, era conocida como Camino de Pardo hasta el paraje Codo de las Carretas o Codo de Pardo (la Curva de los Banqueros, hoy Curvo-Sold). Por ahí se arrimaban los reseros rumbo a la posta, que juntaba viajes, cansancios y versiones de los hechos.
La Posta era también una radio sin dial. Ahí se comentaban las novedades de la Revolución, las peleas de las guerras civiles y el ir y venir de la política porteña. El apellido, Pardo, quedó prendido a una de las arterias de la ciudad: un recordatorio de que el asfalto que ahora apura autos fue, alguna vez, huella de carreta con parada de trago corto y respiro largo.
2. La Pulpería de Neón: la resistencia gaucha
Si la Posta era un timbre de paso, la Pulpería de Neón era pertenencia. A fines del siglo XIX, cuando el ferrocarril empezaba a instalar la modernidad alrededor de la estación —el germen de lo que hoy es la línea Sarmiento—, esta pulpería persistía como bastión rural.
El negocio estaba a la vera del antiguo Camino de Córdoba, cerca de donde funciona hoy el Club de Polo Los Pingüinos. Su dueño, don Miguel Naón, juez de paz además de pulpero, se ocupaba —cuentan— de cobrar los derechos de tránsito para cruzar de un partido a otro y de mirar que nadie se pasara de la raya.
La escena, reconstruida por las crónicas orales, habla de “suelo y alma”: piso de tierra apisonada, humo de tabaco fuerte y la reja clavada en el mostrador, cicatriz de una época donde el facón y el exceso podían torcer la noche. Ahí se jugaba a la taba y al truco, se escuchaban payadas y se mascullaba la identidad. Era el bar de los que todavía no soltaban el caballo, el rincón de los pares antes de que el alambrado, literal y simbólico, ordenara el horizonte.
3. El Almacén de Pastré: el primer gigante de dos pisos
Con la fundación oficial del pueblo en 1872 y el crecimiento alrededor de la estación, llegó la civilidad comercial. Su emblema, el Almacén de Ramos Generales de Francisco Pastré, marcó época en el lado sur, sobre 24 de Octubre. Farina, yerba, velas, todo lo que había que conseguir pasaba por ahí. Y también el trato social: su despacho de bebidas fue, sin título ni cuotas, el primer “club de caballeros” de Ituzaingó.
La estampa imponía respeto. Fue el primer edificio de dos plantas de la zona: un pequeño rascacielos de ladrillo que miraba desde arriba los ranchos vecinos. Alrededor de Pastré creció la leyenda: se decía que un túnel cruzaba la calle por debajo y conectaba con otra propiedad de la familia, donde funcionaba un alambique reservado para destilar licores propios. También cumplía funciones de banco. La confianza en Don Francisco era tal que los vecinos le dejaban los ahorros en la libreta, mucho antes de que a alguien se le ocurriera un cajero automático.
El brindis final
El progreso vial borró la Posta de Pardo; el final de la era gaucha desdibujó la Pulpería de Neón; y la piqueta hizo lugar al Cine Teatro Ituzaingó donde se levantó el edificio de Pastré. Sin embargo, debajo de las cervezas artesanales de hoy y las barras de diseño, late la misma costumbre: sentarse, hablar, arreglar el mundo en una mesa, aunque el mundo no se deje.
La próxima vez que te sentés en una vereda de Parque Leloir o compartas una pizza en el centro, acordate de esa genealogía: paisanos frenando en una posta, gauchos conversando detrás de una reja y un gringo visionario que se animó al primer piso alto para ver, copa en mano, cómo crecía Ituzaingó.
¿Qué se bebía entonces? En tiempos en que el Gin Tonic y la IPA todavía no figuraban, el podio del 1890 tenía sus fijas:
Hesperidina: primer aperitivo argentino, furor en los mostradores.
Caña con ruda: no solo para agosto; era el “remedio” cotidiano.
Vino Carlón: recio y espeso, llegaba en bordalesas y pedía soda.
