Pasaron tres años de aquella tarde de diciembre en Qatar. El país respiraba en puntas de pie frente al televisor y, acá, en Ituzaingó, la ansiedad se mezclaba con calor y bocinazos. La final con Francia en Lusail fue una montaña rusa que no respetó manuales: subidas de vértigo, frenadas bruscas y un último salto que todavía se siente en el cuerpo.
Puntos clave
- Tercer aniversario del título mundial de Argentina en Qatar, con Messi levantando la Copa.
- Dominio argentino durante 70 minutos, reacción francesa con Mbappé y gol de Messi en el alargue.
- Atajada decisiva de Dibu Martínez a Kolo Muani en el minuto 123 y definición por penales.
- El remate final de Gonzalo Montiel y el estallido en todo el país.
- En Ituzaingó, la Plaza 20 de Febrero fue el corazón de los festejos: familias, cánticos y una marea celeste y blanca.
La noche en Lusail
El arranque fue de la Scaloneta en su mejor versión: presión alta, pases limpios, autoridad para marcar el ritmo. Setenta minutos de fútbol total que parecían alcanzar. Hasta que Kylian Mbappé encendió la chispa: dos zarpazos y la final se partió en mil. En el suplementario, Lionel Messi empujó otra vez hacia la ilusión. Y cuando el reloj quemaba, en el 123, quedó esa jugada que ya es leyenda: Dibu Martínez estiró la pierna frente a Kolo Muani y el grito quedó en suspenso, como si el estadio hubiese inhalado todo el aire del desierto.
Lo demás fue cuestión de pulso y temple. Los penales como prólogo invertido de un cuento feliz. Hasta que Gonzalo Montiel cruzó su remate y el mundo se volvió sonido: abrazos, lágrimas, bocinas sin pudor. Argentina recuperaba la corona después de 36 años de espera.
Ituzaingó, un país chico en una plaza
Acá, la historia se vivió en clave barrial. El Obelisco concentró la postal nacional, pero el alma de Ituzaingó se mudó a la Plaza 20 de Febrero, esa que recuerda la batalla de 1827 y que cada fiesta convierte en estadio. Por Ratti caminaron familias enteras, con criaturas en hombros y banderas de cualquier tamaño. Por Brandsen, autos colmados y ventanillas hechas tambor. El verde y blanco del club se mezcló, sin discusión, con el celeste y blanco de la Selección.
En la plaza, el monumento y las veredas desaparecieron bajo una alfombra de hinchas. Abuelos llorando abrazados a desconocidos, pibes trepados a los semáforos, y un coro que no distinguía entre Ituzaingó Norte y el Sur: era un solo grito de desahogo. “Muchachos” retumbó en cada esquina del Oeste, y la fuente quedó como una pileta bautismal para quienes nunca habían visto a Argentina en la cima.
Lo que queda
Tres años después, las imágenes vuelven solas: la estirada de Dibu, el pie de Montiel, esa multitud que hizo del centro una fiesta interminable. No es nostalgia blanda; es un latido compartido. En días así, Ituzaingó recuerda que a veces la historia se escribe lejos, en Doha, pero se celebra acá, a la vuelta de casa, donde la alegría encuentra su propia manera de llenar las calles.
