En la esquina de Rivadavia e Iriarte, donde la noche suele camuflar lo que el día deja a la vista, la Justicia cerró un capítulo que llevaba años en carpeta. Una madre y su hijo, al frente de un bar nocturno de Ituzaingó conocido como Papucho, fueron condenados por explotar económicamente la prostitución. La condena es de tres años de prisión en suspenso: seguirán en libertad, pero con un fallo que confirma cómo funcionaba el engranaje.
- Condena de tres años en suspenso para una mujer y su hijo por explotación económica del ejercicio de la prostitución.
- El caso se centró en el bar “Café Bar Papucho”, habilitado desde 2006, en Av. Rivadavia 22.102, Ituzaingó.
- La investigación arrancó en 2010 por un pedido de la Justicia paraguaya, que buscaba a la dueña, alias “Na Ñeca”.
- Allanamiento del 31 de octubre de 2010: secuestro de libretas sanitarias, agenda con anotaciones, celulares y dinero.
- Rebaja de la acusación: de trata a explotación económica, al no acreditarse privación de la libertad.
- Juicio abreviado: los imputados admitieron responsabilidad y no tenían antecedentes.
El bar y el mecanismo
Papucho figuraba desde 2006 como “Café Bar” en los registros municipales. A simple vista, un bar más sobre la extensa Rivadavia del Oeste bonaerense. Pero puertas adentro, según el expediente, se organizaba la explotación: mujeres en situación de vulnerabilidad eran “captadas” para alternar con clientes y brindar servicios sexuales. La cuenta estaba clara: de lo que pagaban los hombres por las copas y los encuentros, ellas recibían la mitad; el 50% restante quedaba en manos del encargado, Juan Pablo Patiño, hijo de la dueña.
La pista que llegó de Paraguay
El caso empezó a moverse en julio de 2010, cuando un juzgado paraguayo pidió colaboración para detener a María Agueda Acevedo Almada, conocida como “Na Ñeca”. La señalaban por manejar prostíbulos con mujeres paraguayas en Argentina. Ese pedido encendió las alarmas judiciales de este lado de la frontera y empujó a la Federal a poner la lupa sobre el bar de Ituzaingó.
El allanamiento y las pruebas
El 31 de octubre de 2010, la Policía irrumpió en Papucho. Patiño estaba detrás de la barra. De allí salieron libretas sanitarias, una agenda con anotaciones, varios celulares y efectivo, todo secuestrado. Las mujeres identificaron a la dueña y describieron la operatoria: porcentajes fijos, turnos y la línea difusa entre la necesidad y la oferta. No se trataba de una escena aislada, sino de un sistema aceitado por la costumbre de la noche.
De la trata a la explotación económica
La causa arrancó bajo la figura de trata de personas, pero la calificación cambió. El Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 2 de La Plata entendió que no hubo privación de la libertad y encuadró los hechos como “explotación económica del ejercicio de la prostitución”. Madre e hijo aceptaron un juicio abreviado y admitieron lo sucedido, un gesto que, sumado a la falta de antecedentes, les abrió la puerta a la pena en suspenso.
Una pena que no pisa la cárcel
La sentencia dispuso tres años de prisión, sin cumplimiento efectivo. Los condenados seguirán en libertad, como prevé el Código Penal para estos casos, aunque con la marca de una condena que reconoce el circuito y su lógica. Es un fallo que vuelve a poner sobre la mesa un tema incómodo en el conurbano: la explotación amparada en la vulnerabilidad, en bares que se confunden con la rutina de la avenida y la economía de la noche.
El caso de Papucho no redibuja el mapa, pero deja un trazo firme. La Justicia dijo que hubo explotación y asignó responsabilidades. Rivadavia, que nunca duerme del todo, suma otra historia a su archivo largo; una de esas que recuerdan que, detrás de cada barra y cada persiana, la ley también mira.
