En las noches limpias de Ituzaingó, el cielo se vuelve un mapa paciente. Caen trazos fugaces, se arriman los planetas a la Luna, a veces cruza la Estación Espacial Internacional como una aguja de luz. Para un pibe de Villa Las Naciones, esas postales no fueron solo un juego de verano: fueron brújula. Fernando “Frank” Caldeiro, nacido el 12 de junio de 1958, miró arriba y empujó hasta donde casi nadie llega. No se quedó en el sueño: se convirtió en astronauta de la NASA, el único argentino en alcanzar ese rango.
- Nació y creció en Ituzaingó; cursó en la Escuela Nº 84 Paul Groussac (hoy Nº 12) y en la EET Nº 11 “Malvinas Argentinas”.
- Emigró de adolescente a Nueva York, terminó la secundaria en Bryant High School y se formó en Tecnología Espacial e Ingeniería Mecánica en Long Island, Arizona y Florida.
- Ingresó a la NASA en 1991 como especialista en sistemas criogénicos; en 1996 fue seleccionado astronauta en el Grupo 16, “las sardinas”.
- Se destacó en sistemas mecánicos de los transbordadores, con foco en el Discovery, y trabajó en la investigación del accidente del Columbia en 2003.
- Mantuvo vínculos constantes con la Argentina y volvió como invitado al Aeródromo de Morón en 2005 y 2008.
- Falleció el 3 de octubre de 2009. En Ituzaingó su figura persiste como una referencia de humildad, pasión y excelencia.
Infancia con aviones al alcance de la vista
Los primeros pasos de Caldeiro transcurrieron en las veredas calmas del oeste del Conurbano. En la Escuela Nº 84 Paul Groussac —hoy Nº 12— lo recuerdan inquieto, vivaz, con la cabeza en los motores y los ojos siguiendo cualquier cosa que se despegara del suelo. La revista Lúpin entraba a su casa como una visita frecuente, y el Aeródromo de Morón —vecino y ruidoso, referencia histórica de la aviación argentina— aportaba el sonido de turbinas que alimentó una curiosidad sin fecha de vencimiento. En la EET Nº 11 “Malvinas Argentinas” esa inclinación encontró herramientas y nombres propios.
El salto a Estados Unidos
En la adolescencia, la familia armó valijas y cruzó el mapa. Nueva York fue la parada y Bryant High School el punto final de la secundaria. Con la orientación ya trazada hacia lo aeroespacial, Caldeiro siguió formándose en Tecnología Espacial e Ingeniería Mecánica, con estudios repartidos entre Long Island, Arizona y Florida. En esos pasillos, la fascinación por los aviones se volvió método y disciplina.
De especialista a “sardina”
La NASA lo incorporó en 1991 por su especialización en sistemas criogénicos aplicados a vehículos espaciales. Era un territorio técnico, de válvulas finas y temperaturas imposibles, donde su nombre empezó a circular con respeto. Cinco años más tarde llegó el salto mayor: en 1996 fue elegido astronauta e ingresó al Grupo 16, apodado “las sardinas” por la cantidad de seleccionados, 36 entre más de cinco mil postulantes. Una camada numerosa que llevó su propia marca de época.
Raíces que no se despegan
La noticia corrió rápido y, antes de que el inglés terminara de aplaudir, él ya estaba en contacto con medios argentinos. Lo primero fue avisar en casa, en sentido amplio. Por primera vez, alguien nacido en la Argentina entraba a ese círculo. En Ituzaingó el orgullo se sintió sin necesidad de megáfono: bastaba levantar la vista y saber que uno de los suyos ahora trabajaba ahí arriba.
Oficio, Discovery y duelo
Dentro del programa de los transbordadores, Caldeiro se volvió referente en sistemas mecánicos, con especial atención en el Discovery. El 2003 lo encontró en una tarea distinta, más áspera: la investigación del accidente del Columbia. Cuatro de los astronautas fallecidos habían compartido con él la etiqueta de “sardinas”. El golpe fue personal y profesional. Aun así, siguió en su puesto, con ese tono sereno que distingue a los que entienden que cada perno sostiene algo más que una pieza.
Volver para contar
Entre cronogramas y simuladores, Fernando sostuvo el hilo con su país. Participó en foros espaciales, respondió consultas de estudiantes, alentó vocaciones sin prometer atajos. En 2005 y 2008 volvió como invitado al Aeródromo de Morón, donde lo recibieron como se recibe a un vecino que la peleó lejos y no se olvidó de dónde salió.
Un legado que sigue encendido
El 3 de octubre de 2009, tras una enfermedad dura, su historia se cerró en lo biográfico y se abrió en lo colectivo. En Ituzaingó, cada charla escolar sobre ciencia, cada chico que sueña con motores y planetas, repone su nombre. No solo como el vecino que llegó más lejos, también como una forma concreta de entender el mérito: trabajar mucho, recordar de dónde venís y, cuando se pueda, volver para contarlo.
