Al Obelisco y a la Torre Eiffel los separan más de 15 mil kilómetros de distancia, pero en su casa de Ituzaingó, Rubén Díaz puede contemplar ambos monumentos al abrir la ventana. En su mundo, la lógica se encuentra en la imaginación, donde ser arquitecto no significa solo edificar, sino también soñar. Él se define, con un guiño de ironía, como “el arquitecto más loco del mundo”, un título al que se aferra con orgullo.
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Inmerso en una dulzura que recuerda la espontaneidad de la infancia, Rubén invita a repensar cada idea tres veces, buscando la respuesta a la vieja pregunta que invita al aventurero: ¿por qué no? A sus 60 años, ha recorrido 129 países y ha dado la vuelta al mundo en dos ocasiones, pero lo que más lo conmueve es volver a casa, al barrio que siempre lo acogió.
Para él, Ituzaingó no es solo un lugar, es el corazón donde late su creatividad. Así, un día decidió que era hora de poner a su ciudad en el mapa del turismo, no desde lo convencional, sino desde lo extraordinario. Comenzó a edificar réplicas de monumentos icónicos, desde la Torre Eiffel hasta el Obelisco, creando un circuito que atrae incluso a visitantes internacionales. “Yo me dedico a hacer cosas imposibles”, asegura con una sonrisa que ilumina su rostro.
Un sueño que vuela al extranjero
La travesía de Rubén comenzó a los 18 años por las rutas argentinas, pero a los 21 se lanzó a Europa, solo y durante 40 días. A los 23, sudó un pasaporte lleno de sellos tras recorrer Sudamérica. El amor lo llevó a Polinesia y Hawaii en su luna de miel, aunque el recuerdo de su boda se diluye entre anécdotas hilarantes: “No me dejaron entrar a la fiesta por no llevar corbata; fui como soy, y eso nunca estuvo en el plan de estudio.”
El camino de la vida siguió su curso, aparecieron cuatro hijos, dos nietos, y a pesar de las opiniones ajenas, nunca dejó de viajar. “Mi última vuelta al mundo fue el año pasado. Ahora sigo viajando a dedo, proyectando y soñando. Tengo planes de retirarme del stand up, pero eso no significa que dejaré de explorar”, comenta con determinación.
Su lema vital resume su forma de ver el mundo: “Libertad, diversidad y fantasía”, valores que definen su existencia y su obra.
Ituzaingó: la cuna de las réplicas
Ituzaingó se ha convertido en un auténtico museo al aire libre, donde cada esquina guarda una historia, una mirada renovada sobre los clásicos. Su propósito inicial nació del desafío de un concejal que dudó de su capacidad creativa. “Dije, voy a hacer la Torre Eiffel para demostrarle, y así surgió la idea”, recuerda como si fuera ayer. Cada monumento es un regalo para la gente; no cobra entradas, no es un negocio, sino una forma de compartir felicidad.
A lo largo de los años, la Torre fue compañera del Obelisco, el Coliseo Romano, el Arco de Balá, la Torre de Pisa, la Casa Mínima, entre otros. Cada obra, construida con esmero en siete meses, es el resultado de una visión que desafía lo evidente. “Si existe la palabra imposible, es porque lo imposible puede hacerse”, asegura con un brillo en los ojos que queman de pasión.
Y reafirma su postulado: “La gente no es lógica, es normal. Si te dejás llevar por el pensamiento convencional, nunca generarás algo único.” Estas obras de arte personal llevan en su esencia la pregunta que guía a Rubén: “¿Y por qué no?”

El Obelisco de Ituzaingó. (Foto: Juan Pablo Chaves / TN)
“Me dicen el arquitecto más loco del mundo y lo considero el mejor título que tengo, lo cambiaría por el de arquitecto 10 veces y pagaría por ello, porque vivo a mi manera, guiado por mis propios conceptos”, expresa con convicción. Su consejo para los jóvenes permanece siempre presente: “Viajen, eso te brinda una escuela que nadie puede quitarte”.
En su hogar, repleto de inventos curiosos y artefactos que desafían la lógica, también nace el recorrido que se extiende por diez cuadras. Universidades y medios internacionales han llegado a estudiar su arte, lugares de educación lo invitan a compartir su experiencia. “Cuando me preguntan por qué hice tal cosa, siempre respondo: ‘contestame primero esta pregunta: ¿por qué no?’”, añade como un mantra en su camino.

Rubén, el creador de la Torre Eiffel de Ituzaingó. (Foto: Juan Pablo Chaves / TN)
El hombre que lleva en su piel el tatuaje del principito y un tornillo, que dice representa el que le falta, ya está planeando su último viaje internacional: tres islas que se hunden en el océano, pero su vitalidad estalla en cada palabra y proyecto. Le queda aún mucho camino por recorrer.
Un recorrido para recordar en Ituzaingó
- Casa de Rubén Díaz: Oribe 86
- Obelisco de Ituzaingó: Oribe 67
- Torre Eiffel de Ituzaingó: Lavalleja 38
- Arco de Balá: Av. Fleming 2370
- Casa Mínima y Monumento al Celular: Muñíz y Florida
- Phartenon de Ituzaingó: Colonia 1385
- Coliseo Romano: Barcala 450
- Torre de Pisa: Posta de Pardo 1770
- A Don Ata: Verdún y Paysandú
- Estación Ratti: Ratti y Cosquín (la más alejada)
Créditos
Fotos y video: Juan Pablo Chaves
Edición: Facundo Leguizamón
Gráficos y datos: Damián Mugnolo
