Fue en Villa Udaondo, a la salida de la escuela y entre pasillos que conocen demasiados silencios. Tras confirmarse la separación preventiva del cargo del inspector docente investigado por abuso sexual y corrupción de menores en el Instituto Nuestra Señora de Lourdes, Alejandra Bermúdez habló con La Ciudad. A meses de su denuncia penal por hechos ocurridos durante la adolescencia, contó el alivio que trajo la medida, el pacto de silencio que tuvo que atravesar y el modo en que hoy, con paciencia y herramientas nuevas, intenta recomponer su vida mientras espera la indagatoria.
- Separaron preventivamente del cargo al inspector docente investigado del Instituto Nuestra Señora de Lourdes, en Villa Udaondo.
- Alejandra decidió denunciar tras un “clic” en febrero de 2024; en junio se presentó en la Comisaría de la Mujer.
- Inició terapia grupal en el CPA en agosto de 2024; trabaja la vergüenza y reconstruye la autoestima.
- Expuso públicamente el caso para evitar nuevas víctimas y denunció un silencio institucional.
- Señaló demoras, pericias insuficientes y revictimización; espera la indagatoria fiscal.
- Mensaje final: se puede denunciar; la contención es clave para transformar la herida.
El clic y la decisión
La decisión no llegó de golpe. A fines de febrero de 2024, al entrar a trabajar en un club y sentirse cuidada por un compañero, algo se acomodó. “Me sentí contenida, con mucho respeto”, cuenta. Ese pequeño territorio seguro le permitió poner en palabras lo que había callado. “Cuando empecé a tomar conciencia de todo lo que me había pasado dije: tengo que ir a denunciar”, recuerda. En junio, se presentó en la Comisaría de la Mujer. En el conurbano, esas ventanillas suelen ser el primer escalón de un camino cansador; para ella significó, también, el primero hacia la intemperie de hablar y el respiro de ser escuchada.
La terapia, la vergüenza y transformar el dolor
El proceso terapéutico fue llave y abrigo. En agosto de 2024 comenzó en el CPA (Centro de Prevención de las Adicciones), un dispositivo provincial que, más allá del nombre, aloja grupos que trabajan daños y duelos diversos. “Era algo nuevo; me costó abrirme. Al escuchar a otras, tomé confianza y me empecé a soltar”, dice. La vergüenza apareció como siempre: pesada, pegada a la piel. “Hay que trabajar el miedo al ‘qué dirán’. Hablar te libera; si no, en algún momento explotás.”
No fue lineal: avances y retrocesos, crisis y respiros. Parte del trabajo no es hacia afuera, sino hacia adentro. “No sólo son herramientas terapéuticas o judiciales; son internas: la autoestima. Todo me pasó a los 15 y quedé paralizada en el tiempo. Hoy estoy aprendiendo a ser adulta, a expresarme sin miedo.” En ese aprendizaje, repite, la contención hace la diferencia: alguien que sostenga cuando flaquean las fuerzas y la forma de nombrar lo innombrable.
La escuela, el silencio y la necesidad de cuidar a otras
Salir a dar la cara fue, dice, un deber moral. “Necesitaba exponer a quien denuncié para que no le pase a nadie más.” Sabía que podían llover reproches por el rol que el investigado tuvo para muchos alumnos. Ocurrió lo contrario. “Recibí muchísimo apoyo de chicos, chicas e incluso ex docentes. Ni un comentario negativo.”
Lo que sí apareció fue la sombra de un silencio viejo. “La institución tendió a tapar”, señala. Dos frases la persiguen: “no me aviven el avispero” y “de esto no se habla”. La primera, según le contó una docente, circulaba como orden para que no se habilitaran preguntas. La segunda se usó para desestimar su caso, aun con la causa ya notificada. “Tienen responsabilidad, porque los abusos comenzaron ahí”, dice sin alzar la voz, pero con la firmeza de quien ya no se corre.
Exponer tuvo además un sentido de cuidado colectivo. “Él estaba en contacto con menores. Me llegaron mensajes sobre su forma de trabajar: violento, despectivo, con actitudes asquerosas con las mujeres. No recibí ni un comentario positivo.” Por eso insiste en correr la vergüenza de lugar: “No la tiene que sentir la víctima, sino el otro”. En esa línea, su historia busca ser campana y alerta: que quien necesite se reconozca y encuentre la puerta para hablar.
Pericias, burocracia y una paciencia a prueba
El expediente avanzó con tropiezos. La pericia psicológica, dice, tuvo tres instancias y la última sólo se completó porque ella misma pidió que la llamaran. “El abordaje queda escaso. Pareciera que necesitan una filmación puntual y grotesca de los hechos para actuar”, grafica, con esa mezcla de ironía seca y cansancio que deja la suma de trámites.
La revictimización no es un concepto abstracto. “Tuve que ir yo a la fiscalía a pedir una perimetral porque en el sistema demoraba. Presencialmente me prestan más atención que a mi abogada.” La escena se repite en muchas causas: quien tiene miedo debe explicar por qué lo tiene, una y otra vez. Y quien no tiene recursos suele quedar a mitad de camino. “Si no tenés un abogado que acelere, las causas quedan guardadas. No todas pueden pagar esa defensa.”
La separación preventiva del cargo llegó y fue un alivio. “Me sentí escuchada. La difusión ayudó a que se movieran las cosas y tomaran una decisión que ya debían tomar.” El paso, reconoce, es enorme, pero no la distrae del punto clave: “Ahora esperamos la indagatoria; dentro de lo judicial es lo más importante”. Sabe que los tiempos de Tribunales no corren al ritmo del daño; aún así, marca un límite. “Presentamos todas las pruebas. Del otro lado, el imputado no se presentó a la pericia psiquiátrica y cambió de domicilio. Hubo momentos en que yo quedé expuesta cumpliendo con todo y él no. Llega un momento en que tienen que tomar cartas en el asunto.”
Un cierre que abre camino
Al final de la charla, Alejandra deja un mensaje que no busca épicas, sino herramientas. “Se puede denunciar, el recurso de la Justicia está. No es fácil y la contención es fundamental.” Recuerda que fue a la Comisaría de la Mujer sin abogada ni asistencia, aprendiendo sobre la marcha. “Es un camino largo y desgastante, pero las víctimas tienen que saber que se puede.” Evita la palabra sanar —“una nunca termina de sanar del todo”— y prefiere otra más honesta: transformar. “Hablar ayuda a transformar el dolor. Es posible transformar la herida.”
En Villa Udaondo, como en tantas escuelas del conurbano, los muros guardan historias de silencio y voces nuevas que se animan. Esta vez, con una medida administrativa que corre a un adulto de las aulas y una causa que espera indagatoria, la comunidad mira y toma nota. No alcanza con que “no se hable”. Alguien habló, y esa palabra —dicha a tiempo— puede evitar otra herida.
